Sergio…

Por Soledad Arrieta*

 

Era joven, muy joven. Estudiaba en la Universidad Nacional del Comahue la carrera de contador público, habiendo venido de Picún Leufú a Neuquén con ese fin. Cada vez concurre menos gente a las marchas del aniversario de su desaparición a reclamar justicia. Son pocas las personas que, viviendo fuera de la zona, están al tanto de su nombre y su ausencia.

 

Hace exactamente ocho años, Sergio Daniel Ávalos salió con sus amigos y compañeros a la bailanta Las Palmas. Luego, cada uno partió por su lado creyendo que él se había retirado con la chica con la cual había estado bailando hasta las siete de la mañana. Sin embargo, nunca más se lo volvió a ver. No pasó el día del padre con su familia, pero tampoco lo pasó en la residencia universitaria en la cual vivía desde hacía unos meses. No volvió a concurrir a clases. No pudo volver a compartir una charla, un mate, una tarde de estudio con nadie. Porque se esfumó, se lo tragó la tierra, se lo llevó un OVNI, lo mataron a golpes.

 

En el mencionado boliche la tarea de seguridad era realizada por efectivos militares, quienes luego de cumplir con su jornada oficial en los cuarteles hacían extras controlando a las y los que buscaban divertirse. Cuarenta personas ejercían el cuidado del lugar, de los cuales sólo dos se encontraban uniformados y el resto se mezclaba de incógnita entre la gente. Según clientes habituales del local bailable, existía un cuarto oscuro al que destinaban a aquellas personas que tenían inconvenientes durante su estadía y debían ser “castigados” con una golpiza a ciegas. Esto se sabía en el ambiente y nadie realizó una denuncia al respecto. Se trataba de una práctica habitual que, mediante el miedo, obligaba a las y los concurrentes a portarse bien.  Evidentemente, por el mismo miedo, nadie pudo hablar antes de que una vida se pulverizara por completo en él, con esa gente, en manos de esos monstruos. Una de las más fuertes hipótesis narra que Sergio habría sido llevado allí y a los “patovicas” se les habría pasado de lo previsto la golpiza, llegando a su asesinato, en ese pequeño cuarto, en medio de la oscuridad, el dolor y la indefensión.

 

Luego de haber sido denunciada su desaparición, sus compañeros comenzaron a recibir sospechosas amenazas, una de ellas a punta de pistola pidiendo que “dejen de joder con Ávalos” por parte de tres personas que bajaron de un auto carente de patente. La justicia aún hoy mantiene el tema archivado y se han dado pocos pasos al respecto, como puede ser de esperar teniendo en cuenta sus antecedentes y sus actuaciones contemporáneas en casos similares que abarcan desaparecidos y desaparecidas en democracia, así como fusilados en la misma.

 

Para sumarle misterio a esta causa ignorada por quienes tienen la potestad para investigarla, se construyó en Las Palmas —unos días antes de ser clausurado— un contrapiso bajo el cual se sospecha que podría estar enterrado el cuerpo de Sergio. Ocho años atrás.

 

Parece impensable que al día de hoy no se sepa nada. Parece una tomada de pelo que en democracia sigan desapareciendo personas como por arte de magia y que nadie tome cartas en el asunto. Que no importen, que la gente vaya olvidándose de a poco, acostumbradamente, como si este tipo de casos tuvieran el mismo peso que un accidente de tránsito o una estafa política. Que hayan pasado tantos otoños desde la última vez que Sergio sonrió o lloró y sólo en su región se lo recuerde precariamente, o con intensidad, pero de a pocos y pocas que aún tenemos la esperanza de que en algún momento esto cambie y se conozca la verdad.

Por Soledad Arrieta

Escritora y periodista de opinión. Blog: www.cotidianidadeshumanas.blogspot.com